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jueves, 5 de septiembre de 2013






Cuento




CLASES DE MANEJO
Octavio Acosta Martínez
octaviocultura@hotmail.com
Twitter@snittker











            Aquella ciudad todavía no se había abierto a los espacios de un mundo moderno que avanzaba a pasos agigantados  hacia nuevos estadios de desarrollo en otras latitudes. Aunque no era precisamente lo que pudiera entrar en la categoría de “pueblito viejo”, su vida se caracterizaba por la sencillez de sus costumbres y, en un polo opuesto, por la rigurosidad de una  moralidad arcaica que parecía no ajustada a la proporción del territorio y tamaño de población que manejaba. En una clasificación muy popular que se hace en Venezuela para ubicar estos casos que no encajan dentro de las categorías de “ciudad” ni “pueblo”, era lo que allí se denomina “un pueblo grande”. Eso era en realidad Bucaramanga, un pueblo grande.



      

    Conservadora e impregnada de una educación fundamentalmente orientada por principios religiosos ofrecía pocas libertades para la expresión de tendencias que son innatas en la propia naturaleza humana. Una de estas expresiones, y sobre la cual se referirá este relato, es la manifestación física del amor.

 Fuera del matrimonio la relación sexual era  severamente condenada y la chica que hubiese tenido la desdicha de perder su virginidad sin contar con la debida bendición sacerdotal, quedaba en grave peligro de perder también la posibilidad de encontrar un hombre desprejuiciado y comprensivo que estuviese dispuesto a unir sus lazos en forma definitiva con ella. Por eso los padres eran muy estrictos en el cuidado del honor de sus hijas. Nada de que ellas alquilaran un apartamento o una casa, e irse a vivir solas, así contaran con los medios que se los permitieran. Ellas vivían bajo vigilancia permanente de sus padres, independientemente de la edad que tuvieran. Mientras no se casaran –y muchas no lo hacían nunca- vivían con ellos, a quienes estaban sometidas y debían contar con su consentimiento para asistir a las actividades más inocentes que se pudiera imaginar, como por ejemplo, una simple fiesta de cumpleaños.

            Las muchachas tenían, hay que reconocerlo, mucha libertad para establecer noviazgos, pero eso sí, siempre que se desarrollaran mediante visitas a sus casas y dentro de un horario previamente establecido. Estas visitas no sobrepasaban el espacio de la sala, donde debían permanecer sentados juiciosamente en el clásico sofá. Todas las puertas  y ventanas que la comunicaban con el resto de la casa permanecían abiertas y por ellas se daba un desfile interminable de personas que aparentando cotidianidad no daban margen a que la pareja se dejara arrastrar en un momento de debilidad por los hechizos de la pasión.

           Nada de pensar en llevar a la novia a fiestas, cine, heladerías (cuando Augusto llegó a Bucaramanga sólo había una), discotecas (no había ninguna); ni siquiera a misa si no disponía de la compañía de una chaperona que generalmente era la mamá; pero podría ser también una tía, una hermana, o cualquier persona de confianza de los padres. Lo importante era no permitir que los novios estuvieran solos en ningún instante. Él tuvo la experiencia particular de no poder ir con su novia ni siquiera a la casa de al lado, una familia amiga, cuya puerta estaba a escasos tres metros de la de ella. En los Diciembre generalmente se reunían los jóvenes vecinos a bailar en esa casa, lo cual se hacía en la sala, abierta a la mirada de todo un público que se agolpaba, como si fuera un espectáculo, a presenciar la fiesta. Ésa era la costumbre de la época, cuando había una fiesta en una casa, esto constituía un espectáculo para toda la vecindad y amigos que no habían sido invitados. No había rollo con esto. Ellos se acomodaban en puertas y ventanas para disfrutarla también a su manera y allí permanecían hasta que todo se terminaba. 
         Tuvo que pasar un tiempo para que Augusto asimilara ésta  y otras costumbres que contrastaban  con las que había adquirido en su país. En éste, si alguien, amigo de una casa, no era invitado a una fiesta se ponía de manifiesto una especie de orgullo que le impedía siquiera acercarse al lugar donde ésta se celebraba, no fueran a pensar que deseaba hacerse visible a ver si obtenía una invitación de última hora. Mucho menos  establecerse en la ventana a mirar. Esto se interpretaba como un grito silencioso:¡Quiero entrar! De la misma manera no podía entender, que con toda esta cercanía y vigilancia gratuita, si una chica no tenía su propio vigilante particular que la acompañara, no podía ir a una fiesta. ¿Qué se pensaba que podría hacer un hombre con ella ante tanta gente, en un espacio completamente iluminado y tan cerca de su casa? No quedaba más que aceptarlo, ésas eran las normas familiares y sociales, y bien es sabido que quien va a Roma deberá hacer lo que hacen romanos. Debido a esta pueblerina costumbre resultaba pintoresco el paisaje que presentaba cualquier fiesta que se hiciera en la ciudad. Porque así como había este público externo tan particular, también había adentro otro público no menos particular. Pero mientras el primero era espontáneo y alegre, el segundo era obligado y sacrificado, con funciones muy definidas. Estaba integrado por las madres, tías, o lo que fuera, acompañantes de las jóvenes, sentadas alrededor de la sala, guardianas de la honra de las jóvenes que se entregaban mientras tanto a la sensualidad de la cumbia y de la gaita, y a la alegría del porro y el vallenato.  Esta paciente espera duraba hasta que el baile terminara y pudieran luego conducir a sus muchachas sanas y salvas a la seguridad de sus respectivos hogares. Lo máximo que Augusto pudo hacer para burlar esta vigilancia tan estricta era esconderse detrás de otras parejas y bailar los porros y vallenatos “pegaítos”, puliendo la hebilla. Cosa mala, porque después llegaba encendido a su cuarto de residencia, y sin agua para poder apagar el fuego.

            Nada que ver con los novios de la época actual. Sorprende ver la libertad de la que gozan. Augusto no puede dejar de establecer mentalmente el contraste con su situación de ayer y piensa que aquella época fue increíblemente injusta para con los de su generación. ¡Ay! ¡Si tuviese una segunda oportunidad! Estos cambios han permitido dejar al descubierto su naturaleza profundamente envidiosa, hallazgo ante el que él mismo se sintió sorprendido. No sólo desconocía esta debilidad propia, sino que antaño hubiese estado dispuesto a batirse en duelo con cualquiera que le señalara siquiera la posibilidad de semejante debilidad. Hoy, sin embargo, él es capaz de confesar sin rubor que siente una profunda envidia y reconcomio por la plenitud con la que viven los jóvenes actuales, pudiendo ellos expresar libremente, como la cosa más natural, sus elementales tendencias humanas ¿Cómo se podía antes mantener un adecuado equilibrio psicológico con tantos deseos reprimidos?

            Él se siente, no obstante, intrigado de cómo fue posible que a pesar de tanto control la tasa de crecimiento de la población de la ciudad –el pueblo grande- , así como la de todo el país, fuese tan elevada; una de las más elevadas de América Latina. Su crecimiento era evidentemente mayor que la del número de matrimonios ¿De qué manera se las arreglaban los jóvenes de entonces para burlar tan estrictos mecanismos de control? Él era un joven de entonces y recuerda que no era nada fácil. Cuando se presentaba la oportunidad de un escape no había tampoco muchos sitios donde esconderse. Los hoteles también participaban de la moral victoriana de la ciudad y no se prestaban para encuentros amorosos furtivos. No existían los moteles de ahora, donde no es necesario registrarse con su firma ni llevar equipaje. Pero el amor siempre ha descubierto atajos que le han permitido llegar a su destino sin la interferencia de peajes morales que se interpongan en el camino, y por eso el mundo confronta hoy en día los serios problemas de superpoblación que tiene... “¿Qué tendrá todo esto que ver con las clases de manejo que enuncia el título del relato?” ... ¿Ya se lo preguntó?

              Augusto tuvo muchas novias en Bucaramanga, y como el ser humano tiene una capacidad increíble para adaptarse a las más adversas circunstancias, aceptó las reglas del juego y así fue como vivió inmensamente feliz con sus amores. Todo a pesar de lo asombrosamente inocentes que fueron éstos, comparado a las nuevas prácticas experimentadas por la actual juventud, incluído ese novedoso estatus de “amigos con derechos” de la que ahora se puede gozar sin tener necesidad de adquirir ningún compromiso que los ate. Es sólo hoy, y no ayer, cuando él viene a ejercer una muda actitud de protesta y cuando descubre ese carácter de envidioso que estaba allí, agazapado.

        Hubo una vez, sin embargo, en la que estuvo firmemente decidido a romper con los moldes establecidos y a violar todas las reglas del antiguo juego. Tenía entonces una novia que le movía los cimientos de su masculinidad y le hacía olvidar de los convencionalismos sociales que en otros casos había soportado. Él quería y deseaba aquel dechado de mujer.          


De  cuerpo ondulante, resaltado siempre por vestidos ajustados al cuerpo,paso de modelo de pasarela, perfil de anunciadora de resultados de la lotería en TV, mirada pícara que invitaba a no sé qué, le embotaba los sentidos y le hacía brotar esa prehistórica animalidad de la atracción del macho por la hembra. Dejándose dominar por este impulso decidió que con ella llegaría hasta las más altas esferas del amor y ninguna moralidad de pueblo lo iba a detener.

       Comenzó así a trazar un minucioso plan para lograrlo, como si diseñara algún complicado mecanismo propio de sus estudios de ingeniería. La cita para el encuentro en solitario no era problema, pensó. Bastaba con que ella saliera a hacer alguna diligencia personal, para la que no necesitara una chaperona, o simplemente que faltara una tarde a clases… porque ella también era estudiante. Él la encontraría “casualmente” y se dirigirían felizmente a una programada clandestina luna de miel. El problema que debía resolver era  a dónde llevarla.






     Como la disponibilidad de sitios de encuentro no era un problema sólo suyo, en compañía de unos amigos de estudios que también estaban interesados, emprendió una búsqueda minuciosa por toda la ciudad, y fuera de ella. Fue así como descubrieron unas recién inauguradas cabañas en las afueras de Bucaramanga que estaban destinadas precisamente para albergar por unas horas a parejas sin maleta. El sitio se ajustaba como media al pie, a sus “epirituales” propósitos. Cada cabaña, semi escondida entre árboles y diseñada con una  intencional rusticidad, constaba de dos niveles. En el de abajo el cliente-amante dejaba su vehículo bien resguardado de miradas indiscretas que pudiesen identificarlo. Se subía por una escalera de madera al nivel superior donde, en el mismo 
suelo estaba el acogedor lecho del amor. Algo así como el aposento donde Tarzán adoraba a Jane. Las paredes estaban también formadas por troncos delgados de árboles y el techo, de hojas de palmera daban ese aire de intimidad romántica muy apropiado para encuentros como los que él y sus amigos buscaban. Si alguien deseaba acompañar el encuentro con alguna bebida (aguardiente, o quizás una botellita de Ron Añejo de Caldas), pulsaba un timbre y enseguida se presentaba un empleado en la parte de abajo.Desde un pequeño balcón interno se le daba la orden correspondiente que al traérsela la colocaba en una pequeña cesta que se halaba con una cuerda desde arriba. En esa misma cesta el afortunado cliente bajaba luego el importe del consumo y su respectiva propina. De esta manera, el intercambio se daba sin contacto visual y se mantenía así, la más absoluta privacidad. Todo esto lo explicó el encargado del negocio en un tour que les hizo a los chicos exploradores por las cabañas.

 “¡Éste es el sitio de mi anhelado encuentro!”, pensó Augusto con entusiasmo. Sólo le faltaba ahora cubrir dos pequeños detalles: conseguir un automóvil y aprender a manejarlo. Pero para eso contaba él con un amigo muy especial.

        El único amigo, compañero de estudios, que tenía un vehículo automotor, un jeep, era Palomino Moreira. Amigo afable, delgado, de mediana estatura, ojos pequeños muy vivaces, tez morena y pelo negro muy liso. Era del tipo que en Venezuela llamaban  negro"culí"; negro de pelo liso con aspecto un poco indú. Lo que  Augusto no recuerda hoy -han pasado muchos años- es si fue con él que descubrió las cabañas, pero sí fue a él a quien acudió para solucionar lo de los “dos pequeños detalles”. Le solicitó a Palomino que le enseñara a conducir. Después de aprender le pediría en préstamo su jeep por una tarde, cuando haría la prueba definitiva  de sus recién adquiridas facultades de conducir…con una novia al lado.
     Palomino siempre fue un compañero muy amable, cordial y cooperador. Accedió de inmediato a su solicitud:
-¡Cómo no, Augusto, con mucho gusto!- fue  su respuesta.

Comenzaron así las primeras clases de manejo. De esta manera el joven amante había ya emprendido el viaje hacia la suprema felicidad.
Las dos primeras lecciones fueron realmente exitosas, Palomino tenía excelentes dotes de instructor. Dotado él de un espíritu innato de facilitador, mucha paciencia y sin miedo para soltarle su jeep a un aprendiz, y Augusto  por otra parte, acicateado por lo que aquello representaría en su vida, fueron dos ingredientes que se unieron para que los progresos se dieran en forma bastante rápida. Comenzó por aprender a encender el jeep y luego a ponerlo en movimiento sin que se apagara. Le costaba, por supuesto, como a todo principiante, realizar el cambio de velocidad y la tendencia era la de andar un largo trayecto en “primera”, hasta que Palomino le decía:
-Cambie, hombre, cambie a segunda.
Bueno, y después sería a tercera, y a cuarta, y luego a neutro para detenerse, y nuevamente a primera, y al segundo piso de la cabaña… “¿pero, qué digo?”
     En la segunda clase aprendió a retroceder y a estacionarse. Claro, el jeep se le apagaba antes de completar la maniobra, o le metía otra velocidad creyendo que estaba en retro, y se sorprendía cuando el vehículo saltaba hacia delante; pero con unos cuantos intentos le fue tomando el pulso al manejo. Cada vez se sentía más cerca de subir al segundo nivel –ahora sí- de aquella fabulosa cabaña, que era algo así como subir a la gloria… ¡Pero llegó la tercera clase!

Los amigos se reunieron en la habitación-residencia que compartía con Alfredo Barrios, otro compañero de estudios y eterno amigo, y Manuel Anzola, estudiante de Ingeniería Metalúrgica. Allí los recogió Palomino para acompañar a Augusto en su tercera clase. Éste debía conducir el jeep hasta la U (apócope afectivo con el que los estudiantes designaban a la Universidad). Alfredo se sentó en el asiento delantero, en el extremo derecho, mientras que Palomino lo hizo en el centro, al lado del chofer, para poder darle las instrucciones precisas. Anzola se ubicó en el asiento trasero. Augusto arrancó con mucha decisión, casi como un chofer experimentado, y subió alegremente por el Boulevard Santander para empalmar luego con la Calle 14. Después doblaría en la Carrera 27, hacia la izquierda, en dirección a la U.
 Cuando ya estaba en la 14 Palomino le indicó que recortara la velocidad.
-Recorte, mano, mire que debe hacer el Pare en la 27.
Faltaban pocos metros para llegar a la 27, pero él mantenía la misma velocidad.
-¡Frene, hombre, frene!- ordenó Palomino.

Ahí fue cuando se presentó el problema. En pocos segundos el aprendiz de chofer y futuro feliz amante, pensó: “si me detengo ahora, tengo que poner el jeep en neutro, después pasar a primera con el croche metido y luego hacer la difícil maniobra de sincronizar “croche” con chancleta de gasolina, una con un pie y la otra con el otro, sin que se me apague y sin que se me eche hacia atrás, donde seguramente le daría al carro que ya habrá llegado allí. Y  enseguida doblar a la izquierda ¡Muy complicado! Todavía no he practicado arrancar en subida”. Lo que hizo entonces, fue realizar un barrido visual de 180 grados, en fracciones de segundo, y se percató de que no venía ningún vehículo por la derecha ni por la izquierda de la 27; tampoco bajaba nadie en ese momento por la 14.  Así que dobló decididamente hacia la izquierda sin recortar para nada la velocidad. Los amigos, todos estudiantes de ingeniería, pudieron entonces comprobar experimentalmente que aquello de la fuerza centrífuga no era gamelote.

 Las llantas rechinaron, el jeep se cimbró y se lanzó como un potro  desbocado hacia la U, en dos ruedas. Por un movimiento reflejo de protección Alfredo lanzó su mano derecha en busca de un apoyo para no salirse del jeep y lo que encontró fue el asfalto de la 27.  Se raspó la mano, pero se salvó y salvó a la promoción de contar hoy con un miembro menos. Augusto escuchaba los gritos desaforados de Palomino y no entendía el motivo de tanto alboroto, pues estaba seguro de tener el control absoluto del jeep. Nunca pensó que pudieran estar en peligro. Andar en dos ruedas era lo mismo que andar en bicicleta, o en moto, ya que se trata de una cosa con motor. En cualquier caso, es algo que se hace frecuentemente con mucha facilidad.
 El jeep se estabilizó casi dos cuadras después, cuando llegaron a la altura de la Clínica La Merced. Por supuesto, no fue él quien continuó conduciéndolo hasta la U. Palomino, quien lucía un inusual color blanco, se puso intransigente, como no era su costumbre, y no dejó que su compañero concluyera la lección.
-Es que usted no hace caso, mano-le dijo.
Hasta ahí llegaron las lecciones de manejo, y hasta ahí llegaron también las esperanzas de llevar a la novia a que conociera aquellas exóticas cabañas que descubrieron en las afueras de Bucaramanga. Las visitas continuaron en la sala de su casa, con todas las puertas y ventanas abiertas, y con la legión de padre, madre, hermanos, primos, amigos, en un intenso transitar, lo que no tenía ni la Carrera 27 aquella vez cuando él cruzó vertiginosamente hacia la U.


                       

           

2 comentarios:

  1. jajajaja, muy graciosa la historia, aunque debe haber sido bien frustrante en ese momento, puffff, echito.

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  2. jajaja eso es como el balón de fútbol en un campo, por una decisión de fracciones de segundos cambió el curso de la vida de Augusto y sus planes. Era mejor detenerse y pasar la penita tranquilo.

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